PEDOFILIA Y PEDERASTIA: Distinciones elementales para no caer en errores

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Recientemente he tenido el placer de poder leer en el muro de Facebook de un compañero y colega de profesión, Joserra Landa, unas reflexiones realmente esclarecedoras acerca de un tema tan “sensible” y “peliagudo” como es la Pederastia. Me quedé tan fascinada con sus palabras y con lo que aprendí, que no dudé en ponerme en contacto con él para pedirle su consentimiento y poder compartirlo en mi Blog (petición a la que accedió gustosamente), para que todas las personas que me siguen y les interese el tema puedan disfrutar y entender ciertas cosas, como lo hice yo.

Aunque no es exactamente literal, el texto está cogido de su libro “Reflexiones cítricas para sexólogos avezados”. El autor advierte que no es literatura sencilla para mentes elementales que buscan respuestas simples de fácil aplauso. Sin más, os dejo con el texto…

 

…….. Los errores terminológicos, los descuidos conceptuales y la laxitud epistémica pueden producir consecuencias graves y nefastas. Especialmente, ocurre esto con pedofilia y pederastia: que, al final, acabamos por no distinguir entre un valor y una lacra. Por ello resulta importante diferenciar términos que son usados, indebidamente, como sinónimos. Desde luego, a quienes nos toca trabajar con estos materiales –profilaxis o tratamiento de la pederastia–, nos resultan de extrema importancia estas sutiles distinciones; que en nuestro caso no son disquisiciones, sino utilización precisa y rigurosa de competencias y recursos al servicio de una empresa noble y socialmente necesaria.
El término pedofilia –o paidofilia– proviene del griego “paidós” y “philia” y fue acuñado por Richard von Krafft-Ebing (1840-1902) quien lo utilizó en su Psychopathia Sexualis (1886). Ahora bien la expresión original de Kraft-Ebing era “Pädophilia erotica”; así que sí recogía las tres raíces griegas: paidós, philia y eros; señalizando expresamente que la naturaleza de aquella philia era precisamente erótica. Este autor usó profusamente la raíz philia que él consideró y usó como propensión, tendencia o querencia (lo cual es etimológicamente aceptable). De sus trabajos de finales del s. XIX procede el éxito de muchos de los términos que, en torno a estas cuestiones de las excitaciones y los deseos, aún usamos.
Aunque la RAE recoge las dos variantes morfológicas (pedofilia y paidofilia), el diptongo griego ai se transcribe ae en latín y e en castellano; luego pedofilia (como pedagogo o pediatra) sería, en principio, la forma más correcta; excepto la mayor eufonía castellana de paidofilia. En uno u otro caso hablaríamos del “que ama a los niños”. Ahora sí, la raíz griega philia no tiene ninguna significación erótica, así que menciona la “afición, simpatía, respeto, consideración o aprecio hacia los niños”; lo cual es valor encomiable y susceptible de amable elogio. Pues no tratándose de amor carnal, propósito libidinoso, utilización lujuriosa, instrumentación dolosa o depredación lúbrica, no representa peligro alguno. Al contrario, definida como su etimología designa, no es una lacra que debe de combatirse sino un valor muy estimable para cualquier cultura que se pretenda filantrópica. Pues caben pocas dudas sobre que los niños deben de ser apreciados, considerados y tratados con simpatía y respeto; luego, también cuidados y protegidos. Incluso de quienes, escudándose en su protección, los asustan, traumatizan, angustian y escandalizan, produciendo graves intromisiones en su intimidad, crueles presiones, perversas profecías que se autocumplen e indelebles estigmas.
Este valor que estoy designando –el de considerar, respetar y apreciar a los niños– recibiría el nombre de pedofilia; pero, para evitar resbaladizos y peligrosos equívocos, usamos filopedia (se trata de un neologismo innecesario pero obligado pues su legítimo lugar lo ocupa espuriamente aquello que sirve para designar justamente lo contrario). Precisamente por razón de la existencia de tal valor moral, asumido e interiorizado, determinados pederastas, por filopédicos, jamás han hecho daño alguno a ningún niño; de suerte que es su propio código moral quien regula su inclinación erótica. Y dadas las circunstancias, tal sistema de autorregulación nos es conveniente a todos (incluso a ellos mismos).
El valor filopédico promueve que los niños sean respetados y considerados, al margen de aquello que cada quien pueda sentir por ellos. Efectivamente, en ocasiones los niños producen en determinados adultos diversos sentimientos y reacciones, cuales son: manía, rabia, molestia, incomodidad, resentimiento, amor, deseo o excitación. De hecho, por razón filopédica, los pederastas –como los maniáticos, los resentidos, los incomodados, los rabiosos, los violentos, etc.– deben de gestionar sus entrañas y tratarles con la debida consideración y respeto. Y especialmente, sin producirles daño alguno; y mucho menos, grave daño que comprometa su crecimiento o maduración.
El término pederastia del griego “paidós” y “erastés”, sí se refiere a la naturaleza erótica de este amor (erastés: el que desea; o sea, amante, deseante). Pederasta es, pues, quien siente atracción erótica (luego, en principio, también, deseo y enamoramiento) por niños. Y niños son los prepúberes (no los menores, que pueden -o no- ser niños); esto es, quienes aún no han desarrollado los caracteres sexuales secundarios y terciarios. Así pues, los menores adolescentes no pueden ser designados con la raíz griega paidós.
La RAE no ayuda demasiado a resolver el entuerto terminológico. De hecho, su Diccionario define pederasta como “el que comete pederastia”; y pederastia, como “abuso deshonesto cometido contra niños”; y aún lo empeora con una segunda acepción: “sodomía”. Además la entrada no ha sufrido modificación alguna desde su incorporación en 1899, a pesar de que algo hemos aprendido en estos ciento diez años. Aunque el Diccionario defina la pederastia por la acción o la conducta, lo que define la pederastia no es la praxis sexual, sino la naturaleza del objeto deseado. Además, sentir atracción erótica hacia los niños no significa abusar sexualmente de ellos; como, al revés, abusar sexualmente de ellos no requiere sentir atracción alguna por ellos. Son hechos independientes que pueden, o no, ir asociados.
En el año 2001, –con grave desconsideración hacia su etimología–, la RAE introdujo en su Diccionario el término pedofilia que definió como: “atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes”. Desde entonces, pedófilo sería quien tiene una determinada tendencia sexual respecto a los menores y pederasta es quien, teniendo –o no– tal tendencia erótica, abusa sexualmente de los niños. En lo uno el referente epistémico es la “acción” y en el otro, la “atracción”; en lo uno, se habla de niños; y en lo otro de menores (aunque no se mencionen expresamente). Se trata de dislates lógicos en cuestiones bien sencillas de discernir y discriminar. Ahora sí, mezclándolo todo, en vez de colaborar con la mejor gestión de este grave problema social, contribuimos a causar aún más daño. Al punto que el dislate que hemos producido en torno a la pederastia genera actualmente mucho más daño que es mucho más grave que el propio daño que genera la pederastia misma. Es terrible, pero es cierto.
Contrariamente a lo que la RAE sugiere, la pedofilia (o si se prefiere, para evitar equívocos, la filopedia), es un valor excelso hacia los niños, que se ha de promover, elogiar y promover. Por el contrario, la pederastia es un peligro potencial (tanto para los deseantes como para los deseados), de cuyos daños hemos de prevenir a nuestros niños y niñas; incluso, a los propios pederastas. Ahora bien, no discernir entre un valor a promover y un peligro a prevenir es un tremendo disparate. Y destruir valores filopédicos en la lucha contra peligros pederastas no es sólo un error: es un horror.
Una vez desdeñada la raíz philia, usamos erastia (para el que ama eróticamente; esto es, para quien siente atracción, deseo y enamoramiento); y lagnia (para la excitación erótica producida por un determinado estímulo sensorial o simbólico). Pero, respecto de las edades y los deseos hacia menores, nos convendría usar otros términos más precisos; por ello, y siguiendo con las raíces semánticas griegas, usamos: nepios, hebe, ninfa y ephebo, de las que salen nepierastia, heberastia, ninfoerastia y efeberastia; pero también nepiolagnia, hebelagnia, ninfolagnia y efebolagnia.
La raíz griega nepios (al igual que la latina infans) hace referencia a aquel “que no habla”, o mejor, al que todavía no lo hace; o sea, que nepios o infans, menciona a los niños de hasta dos o tres años. Entiendo que la raíz helena nepios, una vez traída a nuestro tiempo y a nuestra organización cronométrica, se corresponde con nuestra categoría evolutiva “pre-escolar”; o sea, niños de 0 a 6 años. Entiendo que las personas que sienten atracción, deseo y enamoramiento por estos niños en su primera infancia deberían ser denominadas como nepierastas. Y entiendo que la excitación sexual producida por estos mismos niños –o por estímulos simbólicamente relacionados con ellos-, debería denominarse nepiolagnia.
El término griego paidos debería usarse para los prepúberes que ya no son nepios (a partir de los cinco o seis años y hasta la pubertad; o sea, coincidiendo con la edad de escolarización que denominamos educación primaria). De aquí diferenciaríamos la pederastia (en tanto que deseo erótico hacia prepúberes que ya no son infantes, pero que sí son niños) y la pedolagnia (en tanto que excitación erótica por estímulos prepuberales no infantiles).
Lo peculiar de la pederastia y la nepierastia, así como de la pedolagnia y la nepiolagnia, es que no suele mostrar alosexación discriminante (esto es, no parece operar el filtro de la ginerastia o la andrerastia); de suerte que tales deseos y excitaciones no se relacionan con la condición sexual de los niños o niñas, sino –precisamente– con la ambigüedad de sus rasgos prepuberales y con su significación angélical. Existe, pues, un tanto de androginerastia o de androginolagnia; esto es un deseo y una excitación por lo asexual, lo intersexual o lo ambiguo. En definitiva se trata de una erotización asexualizada y de una asexualización del deseo erótico.
Hebe (cuyo equivalente romano es Juventas) personificaba en aquella Grecia Clásica la juventud, tanto masculina como femenina. Las personas que sienten atracción, deseo y enamoramiento por personas jóvenes – tanto muchachas como muchachos que ya se han desarrollado sexualmente y que poseen caracteres sexuales secundarios– deberían ser denominadas como heberastas. Y la excitación sexual por las formas juveniles se denominaría hebelagnia. A su vez, tal heberastia y hebelagnia puede ser: efébica o ninfática.
Los efebos eran los futuros ciudadanos atenienses, que eran instruidos durante dos años en las artes de la guerra; de hecho, este servicio militar se conocía como efebeia. Los efebos se significaban por su juventud, su deseabilidad y su hermosura. Tradicionalmente se ha asociado al efebo como el muchacho, deseado por un varón adulto, en el seno de una relación homosexual; por ello el término efeberasta ha adquirido esta significación digamos gay. Sin embargo, efeberastia hace referencia al deseo (la atracción o el enamoramiento) que un adulto –hombre o mujer– siente por los muchachos adolescentes pospuberales. Así mismo, efebelagnia define la excitación sexual que los caracteres efébicos producen (faz barbilampiña, escasez o ausencia de vello corporal, musculación efébica,…). Nuestra cultura y nuestro momento histórico es suma y encendidamente efeberasta y efebelágnico. Así que quizás deberíamos reflexionar sobre nuestras contradicciones de promover lo que queremos combatir.
Las ninfas eran divinidades griegas menores significadas por su juventud, su deseabilidad y su hermosura. Se las ha asociado con los sátiros, luego con el deseo de varones adultos hipererásticos que buscaban muchachas jóvenes y núbiles. Sin embargo, la expresión ninfoerastia designa al deseo (la atracción y el enamoramiento) que un adulto –hombre o mujer– siente por muchachas adolescentes pospuberales. Así mismo, ninfolagnia designa la excitación sexual producida por las características propias de estas ninfas (nubilidad, turgencia senil, bajo vientre plano, depilación axilar y ausencia de vello corporal,…). Nuestra cultura y nuestro momento histórico es encendidamente ninfoerasta y ninfolágnico; de lo cual tampoco estaría mal aclararse con el asunto de si lo promovemos o lo castigamos.

 

muerte-venecia-1Especialmente nos convendría aclararnos sobre la efeberastia (homosexual o heterosexual), y sobre la ninfoerastia (homosexual o heterosexual) que, de hecho, definen deseos comunes y frecuentes, en creciente estado de culpa y de sospecha.
Vivimos un tiempo en el que nada hay tan deseable como el efebo; así que, tanto los niños como los adultos, hagan “como si” lo fuesen, vistiendo y comportándose efébicamente. Por otro lado, nada resulta tan deseable como las ninfas; así que tanto niñas como adultas hagan como si lo fuesen, vistiendo y comportándose ninfáticamente. Y así, todos jugamos a premiar –incluso a apremiar– tales resbaladizas erastias y eromenias. Deberíamos reflexionar con algún rigor y alguna coherencia en torno a todo esto. Pues acabamos aplaudiendo lo que castigamos y castigando lo que aplaudimos.

 

Joserra Landarroitajauregi Garai (2016) “Reflexiones cítricas para sexólogos avezados”. Editorial ISESUS

 

Muchas gracias a Joserra por su colaboración y a vosotras/os por leerlo . Espero que os haya gustado tanto como a mí.

Laura Cruz, Sexóloga Alicante

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2 thoughts on “PEDOFILIA Y PEDERASTIA: Distinciones elementales para no caer en errores

  • 18 enero, 2017 at 3:56 pm
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    Me ha parecido esclarecedor! Gracias.

    Además me lo voy a pasar pipa espetando a muchos de mis provectos amigos sobre su ninfoerastia y su estado ninfolagnico…

    Después, cuando me miren con cara de ..les paso el enlace y a ver qué pasa.

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    • 22 enero, 2017 at 8:23 pm
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      Me alegra que te haya gustado Daniel, la verdad es que aporta mucho conocimiento, y lo mejor, lo bien que te lo vas a pasar con tus amigos, jejeje

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